Dentro del espacio geográfico caribeño se encuentra el archipiélago llamado Puerto Rico. Conocido, además, como la Isla del Encanto. Su historia cuenta la forja de una nación (porque sí lo somos) que ha resistido a duros embates que hoy nos distinguen como un país “resistente” o sobreviviente de un histórico coloniaje, impactos naturales como huracanes, terremotos y pandemia Covid-19. A su vez, hemos vivido un bipartidismo que ha dejado moribundo un Estado, que tras de ser colonial, no ha demostrado la capacidad de adelantar causas esenciales para que un país pueda vivir con dignidad.
Por años, algunas Organizaciones Sin Fines de Lucro (ONG) han estado subsanando las carencias que sufren miles de puertorriqueñ@s. La existencia y la inspiración de estas están amparadas en los derechos humanos. Las ONG existen, para crear espacios que aboguen por acceso a recursos esenciales como son la seguridad, seguridad alimentaria, vivienda digna, educación, empleo, protección del medio ambiente, el acceso a la justicia, acceso a servicios de salud y una vida en equidad e igualdad de condiciones independientemente del sexo, género, etnia, raza, clase social y discapacidad.
Son muchos los frentes que se tienen que atender ante las diversas necesidades que se manifiestan en nuestro país. Las poblaciones más vulnerables son la niñez, la juventud, las mujeres, la comunidad LGBTTIQ+, las personas negras. Estas poblaciones sufren de la falta de acceso a la educación, por la gentrificación, el racismo, el mal uso del medio ambiente, entre otras.
Por años, desde la Casa Juana Colón nos hemos enfocado en atender las necesidades de las mujeres, sus hijas e hijos, especialmente en todo lo relacionado a la violencia de género en todas sus manifestaciones. Ardua tarea cuando hablamos de un trabajo que se realiza desde el pueblo de Comerío, ubicado en la zona central del país y siendo de los más empobrecidos de Puerto Rico. Cuando analizamos a fondo el perfil de la pobreza nos encontramos con que dicha pobreza tiene rostro de mujeres y la niñez. Este mismo escenario se replica en diversos espacios de Puerto Rico. Por lo tanto, son las organizaciones de base comunitaria uno de los entes que asumen trabajar con los determinantes sociales para empoderar las personas marginadas en nuestro archipiélago. Los esfuerzos para sostener los servicios que brindamos son gigantescos. Se crean proyectos culturales específicos administrándolos desde una precariedad económica al no tener accesibles recursos económicos. Esto limita el que podamos tener alcance dentro de las comunidades más vulnerables del país.

Por otro lado, nuestra posición colonial nos deja bajo el radal de la filantropía internacional e incluso de esfuerzos de allegar fondos federales que no sean a través del Estado. Nos parece importante que las agencias que otorgan fondos federales a los Estados y Territorios de la nación norteamericana contemplen las necesidades de los grupos culturales específicos para alcanzar justicia social. Esto implica hacer acercamientos a las comunidades y organizaciones contemplando accesos atemperados a la realidad lingüística y cultural. Es importante acercarse al liderato que lleva años haciendo un trabajo efectivo pero limitado. La limitación surge al desconocer o no tener acceso a recursos existentes desde los fondos federales o filantrópicos. Queremos tener más visibilidad y dar a conocer nuestro trabajo. Solo de esta manera podremos lograr una sociedad justa para todas y todos los seres humanos que habitamos en este archipiélago.
