Video por Felipe Munoz
Dirección creativa Felipe Munoz and Jorge Vidal
Apoyo de edición de guion Laura Montenegro
Querida Cholita, por Jorge Vidal
Por medio de estas palabras, quiero rendirte un homenaje por la sabiduría ancestral que has adquirido a lo largo de generaciones y que a veces brota de todas las pruebas que la vida te ha puesto. Tu sabiduría ha sido mi refugio en los inviernos más fríos. Creo que no sabes el impacto que tus enseñanzas han tenido en muchos de mis proyectos, es por eso, que este tributo es tan importante para mí.
Tus lecciones no se han expresado con muchas palabras, sino a través de acciones. Cuando te observaba de lejos, sentía tu cansancio, tristezas y dolores, pero siempre seguías adelante, mostrando una fuerza ante la adversidad, a veces con pasos lentos, pero seguros.
Esos pequeños pero firmes pasos han sido fundamentales en mi camino como fundador de Intercambios, especialmente en momentos en que parecían inalcanzables o dudaba de mis habilidades, paso a paso, al igual que tú, confié en el proceso y vi que cada escalón me indicaba que estaba en el camino correcto. ¡Tenías razón, mi cholita!
Tu resiliencia me ha enseñado a perseverar, y cada paso que doy lleva la huella indeleble de tu fortaleza y amor.
Te cuento que ahora, a través de Intercambios, mi enfoque de acompañamiento se inspira profundamente en ti: en tu manera de cuidar, en la creación de espacios de paz simplemente con tu presencia, un plato de comida y esa energía que invita a mis hermanos y a mí a un descanso profundo.
Ahora, una vez más, me inspiras a crear un espacio dedicado a las madres porque sé que, como tú, hay muchas mamás tradicionales y diversas muy sabias alrededor del mundo que no son reconocidas, valoradas, vistas y escuchadas. Reflexiono sobre cómo podemos honrar y proteger estas sabidurías, brindarles el espacio necesario para que florezcan, integrando su conocimiento y experiencia en los modelos de trabajo “profesionales” donde tradicionalmente no han sido valoradas. Es fundamental que comencemos a centrar estas voces y perspectivas en nuestras prácticas laborales y sociales, asegurándonos de que las madres reciban el reconocimiento y el respeto que merecen por sus contribuciones invaluables.
Ser VISTA implica ser reconocida y valorada en un nivel más profundo, donde no solo se contempla tu existencia física, sino también tu humanidad, tus experiencias, tu voz y tu contribución al mundo. Ser vista significa que tus historias, luchas y logros sean reconocidos y validados de manera auténtica y significativa. Este reconocimiento penetra en el núcleo de tu identidad y te brinda un sentido de pertenencia, validación y empoderamiento. Creo que Cuando somos vistos de esta manera, se nos otorga el espacio y la oportunidad de ser escuchados, comprendidos y valorados como individuos completos, lo que puede tener un impacto transformador en nuestra autoestima, nuestra autoconfianza y nuestra capacidad para contribuir de manera significativa al mundo que nos rodea.
Estoy convencido que si cambiamos la perspectiva del rol de una madre en la sociedad, podríamos centrar su sabiduría con un apoyo financiero justo. Este es mi compromiso: luchar por la justa retribución para mi mamá y para todas las madres diversas del mundo, que entregan todo con la esperanza de ser vistas, valoradas y respetadas. Que su sabiduría no solo sea reconocida, sino que también se le otorgue el lugar y el apoyo que merece en todos los aspectos de la vida.
SER VISTAS
Para mis Abuelitas, por Melisa Vargas
Rosalba hacía menjurjes que curaban y Graciela tenía la gracia de saber hacer crecer comida de la tierra. Ellas eran mis dos abuelas, quienes ya son polvo y estrella y a quienes apenas logro ver en sueños y en fotos que mi mamá por suerte guardó, pues cuando yo era pequeña no había fotos digitales y mucho menos smartphones.



Rosalba murió cuando yo era una adolescente y el día que ella partió, yo me iba a mi primer encuentro con la abuela ayahuasca. Antes que yo me fuera de casa mi abuela le pidió a mi mamá que me diera un baño de hierbas dulces y de flores. Mi abuela nunca tomó ayahuasca, pero sabía que yo iba a encontrarme con un gran espíritu, con una gran abuela como ella, así que me hizo preparar con hierbas y flores, pues encontrarse con una abuela requiere endulzarse, abrirse, colorearse.
Cuando mi abuela Graciela murió yo estaba lejos de casa, vivía en México y solo sabía que su mente divagaba entre recuerdos de mi abuelo muerto y el no poder estar en su tierra sembrando su comida, como lo hizo siempre. Parada frente a una ventana, añorando un pasado desvanecido y un abrazo imposible. Así murió mi abuelita agricultora, un poco triste y sin la trenza larga y blanca que tantas veces vi que se hacía en el solar de su casa.
Y entonces, aparece una pregunta: ¿qué impacto tendría en mi vida, en mi trabajo y mi comunidad, si el trabajo y la sabiduría de mis abuelas hubiera sido realmente visibilizada? ¿Si hoy tuviera un lugar concreto y activo en mi vida?
Al intentar responder, es como imaginar un mundo que no existe y que a veces se siente lejano.
Lo que logro imaginar en primera medida, es que si el trabajo de mis abuelas hubiera tenido un reconocimiento social, muy probablemente hoy yo no estaría luchando por ese reconocimiento social y luchando con un síndrome de impostora que me encuentro en cada esquina creativa que frecuento.
Tendría el convencimiento y la claridad rotunda de que saber sembrar la tierra es una sabiduría fundamental para la comunidad, para la salud de los cuerpos e incluso, un valor agregado para la salud mental de mi gente. No tendría duda, por ejemplo, en sumar el conocimiento botánico y herbal en mis consultas y acompañamientos de mujeres y, sin ir tan lejos, lo incluiría sin titubear en el botiquín de mi casa, para el cuidado de mi hija y mi amado.

Tendría súper claro todo el tiempo que el afecto puede sacar a una familia o una comunidad del abismo, de la separación y el individualismo. Tendría mucho más vivo el espíritu comunitario y lo pondría al servicio de mis relaciones.
Sin embargo, no fue así y muchos de los recuerdos que tengo tienen que ver con mujeres cansadas, cargadas de oficios o emocionalidades ajenas, que no les permitieron hacer brillar su servicio, su labor, sus dones. Recuerdo mujeres al cuidado de un montón de gente, gente grande y pequeña. Cuidado que no se reconocía si no que se daba por sentado, como si su vida no fuera de ellas, sino de otras personas.
Mis abuelas amaron, amaron un montón a mucha gente. Y toda esa gente no les dio espacio para amarse más a ellas, a sus sueños, a sus dones.
Sin embargo, somos eslabones, partecitas de un gran tejido y quizá hoy a mí me toca tener ese tiempo para mis sueños, para mis dones y para mí.
Ellas no tuvieron el reconocimiento que merecían, pero hoy en cada mujer que llega en busca de placer y autoconocimiento a mi consulta, yo puedo reconocer a mis abuelas, queriendo buscar y gozar, reír y amarse. Yo soy esa partecita de la cadena que puede elegir. Entonces elijo hacerme mis trenzas, tomarme mis hierbas, tener mi pequeña huerta en el jardín de casa, bañarme con hierbas dulces y amargas, con flores y colores. Hoy elijo seguir mi corazón, en su nombre y en el nombre de todas las que me han parido y han sido parte de la gran cadena que es mi linaje, ese del que soy una pequeña gran parte.
Que vivan las abuelas y sus saberes.
Que vivan quienes hoy reconocen sus caminos y los honran.
Que vivan para siempre los saberes de las abuelas que con tanto amor y fuerza han sabido dejar sobre esta tierra.
